Oscura - Capítulo UNO

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Después de haber tenido un sueño raro, en el que un hombre enorme con overol de mezclilla azul sostenía la cabeza de una muñeca en una mano, y en la otra un cuchillo largo a contraluz que destellaba iluminando su cintura, mostrando por debajo una protuberancia enorme entre las piernas, Robertito despertó asustado y confuso, pues ese sueño reciente le parecía incomodo, a tal grado de que el corazón le latía en el pecho como una olla de presión que está a punto de estallar.  

Apenas despertaba; se quedaba mirando hipnotizado por algunos segundos la pequeña lampara azul que iluminaba de manera tenue la habitación blanca; giraba la cabeza a la izquierda y después alzaba lentamente la vista aun recostado, parpadeaba varias veces para enfocar su mirada y como si fuera un mapa, se topaba con la primer referencia, un par de repisas de las que se podía apenas distinguir la silueta de varios juguetes y adornos que rodeaban al reloj, que había hecho en taller de la escuela el año pasado. Para Robertito era mágico encontrarlo siempre marcar las 5:50, porque así tenia tiempo suficiente para disfrutar con plena conciencia del calor de su cama, de voltear la almohada y encontrarse con el lado frío que contrastaba a la tibieza de las sabanas y los abrigos que le cubrían. Miraba por encima de las cobijas como sus pies casi alcanzaban a salir de la cama, que en la decreciente inmensidad de su pequeña habitación, cada vez se hacían más grandes. 

 El mundo de Robertito, estaba bajo las escaleras que unían al segundo piso con el tercero. Aun disfrutando los minutos que restaban para que el reloj marcara las seis, se tomaba el tiempo suficiente para cerrar los ojos varias veces y agudizar el oído, y no los volvía a abrir hasta encontrarse entre el vasto silencio de la casa con los ronquidos de su padre, que plácidamente dormía inconsciente de que el despertador de Eugenia -su madre- sonaría en pocos minutos, destruyendo con su chirrido toda paz existente en su descanso. Se podía escuchar cinco minutos antes de las seis a Eugenia poner las plantas de los pies sobre el crujiente piso de madera y dar pasos a rastras hasta el baño; nunca cerraba la puerta, pues regresaba de nueva cuenta a la cama. 

 Para ese momento Robertito ya había salido del reconfortante calor de la cama, se había puesto sus pantuflas de snoopy y los anteojos que descansaban siempre dentro de un vaso con agua - según el, para que no se rallaran los cristales durante la noche- Caminaba hasta encontrase con el umbral de la puerta, desde donde se colaba la luz de esa ventana gigante que durante la tarde dejaba ver los mejores atardeceres y por la noche, alumbraba el pasillo que daba a la puerta de la calle; siempre callado, caminaba por donde no daba la luz, en una linea triangular que se hacía mas pequeña mientras más cerca estaba de la segunda puerta que tenía que cruzar para llegar al baño mas cercano a su pieza. A Robertito le gustaba siempre mirarse al espejo fijamente hasta encontrar a Olivia, una niña que extrañamente solo el podía ver si se quedaba mirando por largo rato su propio rostro frente al espejo. Robertito y Olivia compartían la misma sonrisa, los mismos ojos, los mismos dientes y el mismo temor de ser descubiertos por papá Roberto o por Eugenia, mientras se reían todas las mañanas uno al otro frente al espejo del baño, a solas, mientras todos en casa dormían, y el peinaba a Olivia con el peine rosado que Giselle, su hermana, dejaba siempre en el tocador...

Oscura (previo)

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Oscura sale de bañarse encarnada en la piel de Roberto. Aun húmeda por las lagrimas de la regadera, se enreda una toalla en la cabellera y con otra se cubre el ser hasta los pezones. Rápidamente y sin mirar mucho al espejo repasa los detalles de su cara y se da cuenta con maestría en que lugares habrá que dar mas maquillaje, y en que lugares mas luz.

Retira la vista del espejo y mientras va de camino a su pieza, recuerda la ultima vez que habló con su madre acerca del sentirse mujer y porque en la manija de la puerta de su recamara sigue habiendo manchas de sangre vieja. Tras 16 años le siguen doliendo las mejillas. Difumina en el aire sus negros y dolorosos recuerdos con suaves manoteos y pasos de tango que le ayudan al traspasar el umbral del pasillo a su cama. Como si un hombre la tomara por la cintura se deja caer sobre la seda de las sabanas y soñadora sonríe. Recuerda que debajo de su cama está la sandalia que Isaac dejó olvidada anoche. Cierra los ojos y en su mente Gardel canta mas claro que un ángel, el tiempo la viste de rosas y el aroma de ese cuarto en la casa de la playa se convierte en el de aquel salón donde ella e Isaac se conocieron mientras el servía en la mesa de bebidas. Ella bailaba con algún viejo despistado.

La piel de Roberto y la de Oscura se secan, y con ellas el tiempo se escurre por las rendijas de la razón. - La sandalia de Issac no lleva ahí una noche, lleva más de 6 años - Susurra una voz melancólica desde el fondo de sus recuerdos y al instante desaparece. Ella, en su papel viciado y roto de mujer herida, comienza a vestir a Roberto con ropa de mujer hasta que Oscura toma posesión integra del cuerpo en el que viven ambos seres.

Ridícula - Su hermana - toca la puerta en tono de burla y pregunta si Gardel ya acabó de cantar. Oscura al instante responde que no conoce a Gardel ni le gusta el tango. Se pone los pendientes mas largos que encuentra y a su vestido rojo le resalta el vintage que de tanto estar guardado se ha estampado como a manera de rayas anaranjadas disparejas hasta en las lentejuelas, se sacude el olor a memorias con unos disparos de Channel N° 5 y vuelve con la garganta quebrada a mirarse en el espejo del baño.

La corona de recuerdos despedazados que se ha puesto, le va muy bien…

Entre(tener)

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Hay una sombra de brazos delgados, carbonizados y transparentes que rodea mi cuerpo. Famosa por su habilidad para crear juicios carentes de cualquier sentir; hábil para desparecer sin mayor problema entre las espesas babas de la oscuridad y especialista en todo aquello que nunca ha vivido.

En mi (?): Una lista interminable de carencias que asusta más de lo que debería. Un suéter bordado de honestidad roída por la verdad que solo yo puedo dominar; tristemente pulcra y fragante a desconocimiento puro, digna de ser rechazada al instante como cualquier objeto nuevo presentado ante el mundo por primera vez.

El asco hecho color.
El tejido vuelto primera ejecución.
Mi ser que no tiene ganas de ser para poder ser en si mismo nada más que un montón de paz.

Y una sombra que se aburre en la décimo quinta palabra de la undécima línea.

Mi afán de descoser y volver a ejecutar al gusto del espectador en cuestión. El goteo constante que viene de una lámpara de aceite que es feliz estando apagada y que me exige volverme llama, comburente y mecha. Mi alquimia convirtiendo; y el goteo reparado burlándose de que yo también estoy tratando de ser una lámpara que terminará fallando.

Mis errores saliendo por las narices de un acordeón que ahora mismo suena bajito entre los brazos de un mal ejecutante. La sombra siempre, refrescando a ratos por la media tarde para terminar desapareciendo irremediablemente durante las noches; diciendo siempre que estuvo ahí rodeándome en todo momento, pero que sigo siendo (aunque no tenga ganas de ser para poder ser en si) muy imbécil para verla…