Maclovio

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El primer ataque de ansiedad surgió mientras estaba sentado casi desnudo frente a la televisión. Veía un programa sobre un grupo de personas que asistían a una terapia grupal con un psicólogo que estaba más atormentado que los pacientes. Parecía identificarme casi al pie de la patología con todos los asistentes a la terapia, y al mismo tiempo con los razonamientos románticos del terapeuta. Ya ni siquiera recuerdo de que hablaban, solo sé que los latidos de mi corazón se habían disparado ferozmente alcanzando una velocidad jamás experimentada, ni siquiera en la peor de las exposiciones al esfuerzo físico había sentido antes eso; se trataba de una maquina de martillar dentro de mi pecho que hacía zumbar la caja de las costillas y todos los huesos cercanos con el eco de esos latidos que parecían sonar como un motor de avioneta en plena agonía.


Tardé lo que dura el presente en darme cuenta que estaba viviendo algo horrible y al mismo tiempo inexplicable en mi cuerpo. Busqué desesperadamente el reloj que descansaba en el escritorio y lo miré, respiré hondo y al exhalar comencé a tratar de relacionar la manecilla de los segundos con los latidos acelerados que sucedían dentro de mi. Al llevarme la palma de la mano derecha al pecho de manera instintiva, como si quisiera detener algo, noté que por cada segundo en el reloj había siete golpes en mi pecho y un dolor extraño y cristalino me acariciaba la parte baja del oído izquierdo desde la carne hasta los vellos; tenía ganas de vomitar, de gritar, de salir corriendo, de llamar una ambulancia o a mis padres, o de llorar hasta caer muerto de miedo; pero el reloj seguía marcando los segundos y el tambor que había debajo de mi cara seguía entonando el vals de la muerte con apretujones dispares. De repente todo se detuvo.


Mi corazón dejó de latir por cinco segundos, durante los cuales sentí como si me escurriera un caramelizado lodo frío desde el pecho hasta las uñas de los pies; como un baño de mugre espesa que me recorría poco a poco el cuerpo partiendo desde las puntitas de las tetas. Así pasaron cinco segundos más, al segundo seis se dejó venir un latido de tres tonos, que después se convirtió en un doble latido que al terminar de suceder lastimaba el pecho y las quijadas como un latigazo en la boca que quema garganta y cuello. El lodo se empezó a mover de nuevo dentro de mi cuerpo y fue hasta entonces que escuché de nueva cuenta el ruido de los comerciales en la televisión, la sirena de una ambulancia que pasó frente a la casa por casualidad, y el ruido del ambiente nocturno. Me levanté despacio del sillón y avergonzado de las fachas en que la muerte me había encontrado busqué una camisa y me la puse con prisa, baje la mirada para buscar las sandalias a la orilla de la cama de Tania, y la voz de un pequeño duende sentado en la esquina de la cama, aun cubierta por esas viejas sabanas azules me preguntó con una voz agudísima y fría:


- ¿Por qué te reusas a morir, Maclovio?

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