Per sua dir.

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La noche corre oscura y al mismo tiempo alentadora, tiene gusto a flores y olor a humedad espesa, la boca me sabe a atole, al cariño caliente que se sirve en un jarro antes de la media noche. En el patio de la casa del pueblo los barriles del pulque lloran vacíos; el canto de la penumbra reverbera entre sus anchas bocas coronadas por un anillo de fierro, huele el tiempo a brebaje viejo, los tendederos riegan olor a canela, y el cielo es negro, como ese abrigo que nunca te pones.

La calle ancha por la que se llega hasta la puerta de tu casa, está ahora carente de habitantes; como mis fotos sin protagonistas, como mi pesar de estar solo. Así se encuentra la noche: vestida de azul oscuridad y con un velo largo que baja helando desde el cerro y se quiebra en frío hasta mis pies descalzos.

Digo para adentro de la mente cosas y rezos mientras muevo los pies por el camino, digo que me hace falta tu abrazo, que no hay a quien decirle que esta haciendo mucho frío, que quiero mas atole, que a lo lejos suena, clarito, clarito un río.

Pienso que puedo pensar por un momento en las libertades del cuerpo, en lo fácil que seria estirar de nuevo un dedo en espiral hasta arrancar una manzana del árbol de la vecina, que con la otra mano desocupada podría entrar hasta la cocina, servir un plato con rezos y meterlos en una tortilla, doblarla y dejarla olvidada en el interior de la micro ondas hasta pudrirse. Como ideas a carcajaditas, mientras los pies arranco cuales ramas del suelo, pienso en las historias del pueblo y en las raices de mis dedos, ya secos por tanto andar de aquí para allá. La calle que lleva a tu casa, también está enterrada entre las horas largas que andan de un lado a otro. No se si estoy anclado como barco al puerto con esta calle que se convierte en isla, y después en una verde selvita.

El patio donde esta el árbol al que pensaba en robar y perder, se fue desvaneciendo y de nuevo, en un giro ya estaba yo en una versión antigua de mis lamentos. Los sufrimientos que resisto como filamento caliente me saben a hojas de libro viejo, a palabras escritas en sabanas de sepia, los orines oculares huelen a lluvia de ciudad, y como ese colirio que blanquea los ojos dejandolos como de nube, entierran una amargura detrás de las mejillas, que obligan a recordar en silencio el precio de esa pulcritud falsa. Llego al templo con lamparas blancas.

Siempre que estoy pasando por un momento difícil sueño que estoy en la secundaria y paso el mejor rato del mundo con los que en algún momento del tiempo fueron mis compañeros de escuela. En ese trastorno del tiempo siempre hay alguien a quien contarle los pesares y nadie a quien ocultarlos. Sigo caminando, a lo lejos escucho un hombre que pronuncia mi nombre completo con una claridad escalofriante, se bien que la voz que me llama nunca se aprendió mi sentencia de memoria, entiendo claramente que se trata de una fantasía y me duele como un pellizco en la memoria, que corre desde una vena que esta conectada al corazón, que se hace chico.

Hay una fuente en el atrio de la iglesia, es la misma en que me bautizaron, me acerco hasta un cubo que se convierte en un vaso con sangre, la voz que pronuncia mi nombre se convierte en la voz de una anciana que vendía dulces en esa iglesia cuando era niño; meto la mano al bolso de mi pantalón y cuento con la mente ciega las monedas, parece que tengo ganas de comprarle una verdad a Josesita, pero no se cual de todas las que están en la tablita se me antoja mas. Ella se desespera y comienza a caminar hacia una especie de altar entre penumbras, me grita que no vale la pena manchar el agua con sangre, que por mi bien es mejor que la fuente siga como hasta hoy, llorando lagrimas blancas.

Voy caminando hasta llegar a la primer primaria en la que estuve, entro por el portón rojo que me recibía cada mañana. Me estaciono a la mitad del patio donde el silencio inunda, poco a poco los salones se van llenando de fantasmas tras los cristales hasta sonar la campana, los niños corren hacia afuera, ninguno me observa. Hay un par de demonios de colores que corren de un lado a otro del patio, hay momentos en los que voltean a verme, se ríen con ese demoniaco tinte de misterio entre sus dientes, Jesus Ortega Cruz está en la puerta del baño, también es un demonio, el mas grande, el mas pequeño de la fila.

Sigo buscando con la mirada entre los infantes hasta que me encuentro, ahí, indefenso y entero, vendiendo diamantes que cortaba de una lampara vieja que había en la casa, a peso. Rodeado de niñas que me buscaban para comprar una piedra. Me alegra verme a la cara y notar que hubo un momento de la vida muy breve en que estuve completamente feliz. Alguien me toca los hombros y yo sonrió. No quiero voltear por que con claridad se, con absoluta certeza y con la precisión de un galeno experto en cirugías que eres tu, eso por lo que tanto lucho olvidar.

Decido seguir caminando, se que vienes detrás de mi y por eso mismo empiezo a contar en voz alta una historia que a lo mejor ni conoces, grito en medio de la calle que hay noches en las que hago el amor con tu recuerdo, pero la luz a cada episodio se vuelve mas pequeña, ya se que no es luz, se que es una esperanza del tamaño de un mosquito luminoso.

Se me acaba el grito, de tanto escribir con la boca los dedos ya no me truenan, tu recuerdo descarnado me persigue por la calle hasta llegar a la avenida donde estaba esa tienda de fotografía de la que nunca me despegaba; noto que tienes menos ganas de alcanzarme por que te distraes con los otros entes que te rodean en el camino, desapareces pero bien se que te estas camuflando, por suerte yo también me canso y la luz de la ventana empieza a quemar desde el piso hasta escalar por las sabanas que casi se caen de la cama. La cara ya está que quema y el sopor se evapora hasta convertirse en una hartanza amarga, como a leche agria que me baja hasta los talones desde la nariz, parecido a una peste que me deja impaciente y postrado. Las moscas empiezan a hacer su función de despertador, el sol me da mas calor de la cuenta y decido después de varias vueltas impares salir de la cama.

Sigo teniendo miedo de que estés ahí, esperando dentro de esa blanca pastilla para dormir, esperando dentro del frío y del agua con que me asiento la mugre en la cara. Escucho tu grito desde el baño y un alacrán negro corre por la pared hasta llegar a una minúscula grieta donde según el se esconde, me pides con maldiciones que deje de apuntar tonterías en mi cuaderno, dices que es muy temprano para estar perdiendo el tiempo, el reloj tiene meses sin marcar las horas, desencajado de si mismo cumple con estar agonizando, tapando una gotera, simulando que sirve. Yo solamente añoro volverme a encontrar conmigo mismo en uno de mis sueños, para persuadirme de seguir con la necia idea de estar a tu lado.

Hay que servir la comida.

Creo que debo comenzar a escribir cosas, dignas de mi.

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