Versal

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Dialogar contigo sin que estés presente es una de las cosas que más me llenan el alma. Aún recuerdo cuan difícil era que me escucharas hablar de sentimientos y de reglas, por eso imaginarte así, sentado en el rincón de la azotea de tu casa, sin cruzar palabras mientras me expreso. Es algo que me calma, ¿…Sabes?


He pasado por tantas etapas al hablarme a solas de tu recuerdo. Lloré por meses, te extrañé un par de años, te escribí como 200 cartas que disfracé de textos. Me llené de palabras, borré y guié por los mismos caminos distintos cuentos. Hasta que esos mismos me enseñaron que no faltabas tanto. Las mismas palabras de amor con las que te envolvía y te dibujé mil veces se volvieron lineas simples, y esas lineas tijeras. No sé en que mes de todos estos que hemos pasado lejos me desperté sin la necesidad de entrar a revisar tus mensajes viejos. A ver tus fotos y sentir que el corazón se sale y te escribe que no importa el tiempo, que tengo cientos de perdones, que te espero. No se en que día vino el olvido a llevarse todo lo que había aquí de ti, y lo agradezco.


Llevo cinco años colgándole a las estampas que me encuentro por la calle un letrero amargo que grita mi nombre. Una marca de agua que las hace mías, que las obliga siempre a pertenecerme y a estar dentro un inconsciente oscuro. A ellas también suelo olvidaras. Y es inevitable dejar de asociar esa foto (que ya solo existe en mi memoria) con el olor de tu perfume volando junto al vapor que provocaba tu cuerpo sobre esa chamarra desgastada de cuero oscuro, mojada por la lluvia. Es inevitable darme cuenta que no estoy más enamorado de ti, pero que sigo enamorado de esos centenares de símbolos que me rodearon mientras me acompañaste en el viaje de inicio.


Por eso cuando vuelvo a ver una foto tuya recuerdo que sigo enamorado de esa etapa de mi vida en que desconocía tantas cosas, en la que estaba tan ahogado en mis sueños. Esa etapa a la que solo asocio con tu recuerdo idealizado y siniestro. Como esa flor de metal a la que le tomé una foto y que no existe más. Como ese dialogo en el que me escuchas y después te vas a seguir haciendo feliz al niño que te quiere en mi recuerdo.


Sucede que hoy he vuelvo a ver una foto tuya y pienso que colgué tu nombre en muchas emociones que solo eran mías.


Ha pasado el tiempo y de nuevo vuelvo a escribirte, es mi manera de pagarte por la lección que aprendí de ti sin que tu supieras. Aun me cuesta entender que lo que nace en mi cabeza solo me pertenece a mi, que nadie provoca nada. Me pesa en los hombros el saber que influyo en el universo; que los pulsos que doy sobre estas teclas blancas, ahora mismo le están torciendo el camino a alguien que no me conoce ni me ha visto nunca.


Hay que soltar esta cuerda. Pese a saber que es la más afinada.

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