Inservible

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Hay personas que nos pagan por hacerles compañía, por escucharlos repetir mil veces lo que han ensayado a solas. Gente que siempre está rodeada de un escudo imaginario que dice ser su familia, un campo semántico que -a fin de cuentas- forma parte también de los ornatos que conservan celosamente en casa, al costado de las medallas, trofeos y premios. Igual de inertes y fríos, pero siempre a la mano y vista. Inútiles, rellenos hasta el tope de una transparente y espesa apariencia.


Gente que paga bien para poder incluir en el trabajo un par de gritos por minuto; Escupos que vienen húmedos de prepotencia y cargados de sal, mas bruta, que amarga. La sal añeja que se junta en las esquinas de los días en que se mantuvieron callados.


No hay mucho que hacer a ese especial cliente, salvo soportarle. Parece que en el paquete que recibimos al hacer voto de pobreza se incluye en el número uno de los insumos, la capacidad de soportar al amo, que casi siempre está solo.


El que paga sabe sin dolor alguno que no está gastando. Sabe que abona y resta a esa dosis de karma negativo puntos, series, lineas largas,(que le terminarán hundiendo, más que salvando) como los tickets que salen de las compras que sus hijos traen al volver a casa desde el extranjero.


Los sirvientes estamos usualmente sentados en la misma banca del hartazgo, una banca larga y pegajosa que siempre endurece las ganas y con el tiempo va borrando las sonrisas que acompañaban a los actos de cortesía. La indiferencia es una corteza que vamos madurando los árboles que estamos destinados a ser cunas (o leña).


Lo interesante es que después de saber que pasamos la mitad de la vida renegando, tenemos una otra, partida a su vez en dos trozos. Esa cuarta parte destinada a esperar que algún día el destino decida dar en “U”, una vuelta, en la que seamos entonces los sirvientes amos, y los amos nuestros verdaderos amigos. Amigos con quienes hablar en el chalet por las tardes de cosas mas altas que nuestras culpas. Amigos que cuando entre el sirviente a cambiar los platos, podamos hacer con la lengua una escalera hasta el suelo, para que el nombre de nuestro mozo pueda subir y volverse humo en medio de un halago:


"…deberías ver que trabajador y honrado es este muchacho"


Un halago que erice los pelos al alma del gato, con la intención pura de hacerle un contento secretamente gratuito e inservible, como el inanimado danzar de un títere, envuelto en ropas (viejas) de encajes pronunciados (y al mismo tiempo empolvados), casi a punto de verse marchitos. Intocable fibra de hilo con el que se tejen los listones rojos que llevan las medallas.


Sonrisas que acarician la mejilla de esa mentira que cada vez tiene más frio. Trenza amarrada con fuerza a la base del cráneo, compuesta siempre por la confusión de los dos polos de lo aprendido, y la cuarta parte que sobra de lo que somos después de servir.

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