Hace veinte años yo no estaba en ningún lado y eso me permitía estar en todas partes sin ningún problema. Escribía y recitaba sin grandes complicaciones sobre cualquier papel y me dejaba escuchar en cualquier oreja o caracol que se pusiera en frente. Hoy no puedo dejar ir más de dos lineas en un papel sin escuchar por respuesta un: “tu decidiste”.
El miedo que un día fue pequeño, hoy ha hecho un hueco en mi vida y no tiene intención de desalojar ese lugar del cuerpo en el que se implantó. Casi siempre me preocupo por no darle de comer, y al hacerlo le sirvo banquetes que solo en la imaginación se han visto. Cuando tenía doce años pensaba que me iba a morir a los veinte, y creo que ese es el problema. Solo pensaba vivir veinte años y se me olvidó apagarme a tiempo. Llevo casi cuatro años bailando una canción compuesta por alguien que ya no sabe escribir como antes. Y todo lo que tenga que ver con el antes esta bien. (dice el nudo de asco que se me forma en la garganta mientras escribo a la fuerza)
Volví a visitar recuerdos. Parece que al estar frente a ellos el miedo que vive en mi y de mi viciado, se apaga. Se me olvida que tengo la enfermedad del descuido y al volver a ver las ventanas de una casa antigua donde viví, huelo una nata oscura que esta llena de la vibra de un niño de cinco años que juega con un perro amarillo y tiene pósters gigantes de jesucristo pegados en la pared de su cuarto. Un niño al que le gusta brincar de un sillón a otro en la amplia sala regalada de una casa prestada, vestido con un pantalón blanco y una camisa noventera de vivos básicos. Respirando de una realidad quemada y nula que alguien más mira desde afuera en el tiempo.
Vuela hasta la mente un recuerdo: caigo por las escaleras de esa casa mientras lavo el plato del perro y a orillas del eslabón de la cima, resbalo sin saber como entre jabón y gritos, me detienen los eslabones mas anchos, llego hasta el primer descanso del segundo piso y freno golpeando con mi cabeza un contenedor para gas. Mi madre grita desesperada que no me muera y después de un rato despierto.
En ese entonces no tenia miedo (ni a la muerte, ni a la agonía), solo me atemorizaban los cuartos vacíos que no ocupábamos y que siempre estaban oscuros, ensanchando el espacio de una casa de tres plantas que nunca tuvo barandales y en la que nunca me volví a caer para no dar más sustos a mi madre, que ocho años atras ya había perdido a un hijo.
Debí haber planeado vivir más de veinte años. Probablemente los recuerdos serían mas claros y permanentes. Lo que mas me molesta de estas crisis (o lo que mierda sea que sean), es el hecho de tener que ir hasta el lugar en que crecí para respirar el mismo aire que me acompañaba todas las mañanas camino a la escuela.
De vez en cuando soy el loco que cada año se para quince minutos frente a la casa abandonada de San Miguel. La casa que prende sola en llamas por la noche, según palabras de los muchachos que frente a ella rebotan una pelota de tenis toda la mañana.
- Despues de que vivieron ustedes aquí, la casa se quedó sola como por 5 años. Luego se la prestaron a una señora que hacia limpias y cosas de brujería. En una borrachera ella y sus hijos quemaron la casa. Despues de que se fue ‘la bruja’ empezamos a escuchar cosas. como si hubiera gente adentro. Hay días que de la nada, vuelve a salir fuego… -
- ¿Van a comprar la casa?
- Sí, por eso vine a ver si todavía estaba el anuncio.
- Pos nomás hagan una misa.
- Sonrio -
Yo solamente quería un pianito que vendían en el mercado, y que nunca me pudieron comprar…

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