Valentín no ha tenido más remedio que aprender a soltar la vida despacio. Se he dado cuenta que el tiempo no se agota a lo largo de la vida, simplemente hay un instante en el que deja de fluir y punto. Se cierra la llave que deja pasar la albúmina de la que come un anima, siendo poco probable que vuelva a abrirse.
Lo triste del caso es cuando alguien esta ahí, detrás de Valentín cerrando despacio la llave de donde sale la vida, asustándolo, así lleva ya casi sesenta días cumplidos al presente, con un fantasma nuevo en la bolsa, haciéndolo caer en recuentos múltiples, abriendo siempre el cajón de las peticiones finales y haciendo más larga la lista de las únicas palabras que el mundo le tomará en cuenta, las dichas mientras en un pie se balancea entre este plano y la nada que algunos dicen esta llena de cosas mejores que esta.
No hay más remedio que decir que uno ha aprendido a vivir con algo a cuestas, es una manera modesta de declarar que jamás se estará a gusto con tamaña circunstancia. ¿Y quién salvo muy pocos y muy justificados pueden estar contentos con la idea de que la llave de la vida este descompuesta, y el flujo se corté a ratos?
Si la gente se preocupara más por entender que la espalda del presenté es una mentira, se daría cuenta como Valentín, que lo peor de dejar de existir, es que suceda en presente.

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