No puedo tomar café.

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Hace mucho, en mi bolsa solo cargaba la cámara y mis notas. Desde hace unos meses las notas se quedan: la mitad en casa y la otra en el oasis. La cámara viene y va. Si no viene no hay problema.

Se comenzó a hacer más importante el estar al pendiente de las pulsaciones y del miedo, de los frascos de pastillas y las recetas (por si me detienen, pues cargo hasta jeringas preparadas), la hojita de la dieta se me perdió ‘extrañamente’ no sé donde está, pero recuperé 3 kilos y mis cachetes de siempre.

Los “no puedo” se aferrarón rapido a los oídos como aretes de perla; Viejos verbos que siguen siendo usados sin pasar de moda. Diablitos columpiando en las entradas de la cueva, dispuestos a gritar de vez en cuando para hacer eco y asustar. Así rapidamente supe que no podía más hacer esto y aquello. Nunca me dije: “esto no más”. “de esto menos”, “de esto nada”.

Ahora tengo más “no puedo” aferrados al costal de costumbres que me hace ser (?). Basta ver una imagen de alguien (disfrutando el) tomar café, para despertar al verdugo y sentir el pinchazo de su lanza en cualquier parte del cuerpo, así, de inmediato las demás desascosas comienzen a correr como hormigas sobre mi conciencia.

Hace mucho que en mi bolsa no vienen tampoco ideas largas, y si son largas no son permanentes, y si son permanentes no son sanas. Tambien hace bastante que no me compro una mochila nueva, y la que tengo cuenta ya muchas historias (algunas nada gratas). La cámara promete venir de nuevo dentro, pero al mirarla pienso que tambien hace falta una nueva. De inmediato pienso que lo unico que cambió es todo lo que me adorna, como los simios que se roban cosas brillantes para ser distintos en el clan. Pienso que de mi cuerpo no me he cansado, pero la verdad dista. Me pregunto cuanto tiempo voy a poder seguir cambiando la cámara, la mochila, la mirada, en este mismo cuerpo que sigue cargando los pasajes viejos que sobran de la esencia de las cosas arrumbadas y que en realidad transporta menos de lo que digo, soy. 

Pienso que es en la mente donde se debe escombrar, pero aparece el espejo (y los de la calle, que son mil veces peores) y ante el(los) no hay realidad manipulable, ni letra cantable, ni trucos de lenguaje.

Ir de aquí para allá se hará viejo, pronto, tambien.

Y yo solo pensando en que “no puedo” tomar café. 

Pensando en el musculo que late solo desde antes que le pusiera atención.

Olvidando al tambor que grita. cada vez que vivo cosas que me hacen sonreír al recordarlas…

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