Un ojo espía se encuentra atento a mis letras, el café que dejé en el barandal de la estación de metro, supongo, se sigue enfriando.
Una vez más, no sé para adonde voy.
Me tomo la molestia de asistir a donde no me han llamado, de gastar lo que no me han solicitado, de estar en un lugar donde daría igual si no estuviera y de enojarme, por no ser tomado en cuenta, donde nunca fui requerido.
Poco a poco comienzo a notar que soy bueno; bueno, a según la etiqueta que dicta como deben ser los buenos.
Me sigo desprendiendo con facilidad de aquello que de manera difícil llegó a mi. Tal parece que no me importa el esfuerzo del universo, ni el soplar de mis labores sobre las hojitas de ese árbol seco llamado destino.
Doy, pero olvido escribir en el sobre que lleva la dádiva una nota: aprenda a corresponder.
Riego una planta inconscientemente en mitad del otoño y espero a que sea mañana para verla retoñar, pasan tres días y vuelvo al refugio que me brindan las letras.
Abro una nota nueva y las líneas que trazo se vuelven un hilo que de nueva cuenta se afianza al ombligo de mi serenidad, olvido escribir una nota en el cordón: Deje de dar.
Me alivio y busco de nuevo a alguien que no pide mi ayuda para darle toda la posible.
Me desvío, pero siento felicidad cuando escucho hablar de los jardines ajenos, de sus coloridas flores y perfumes danzantes, me conformo con nunca haber visto si lo dicho por ellos es real. Intento mirar para el lugar donde deberían estar esas flores, (que también deberían ser mías) y encuentro una nota:
Aquí nada es suyo,
por que nadie le pidió dar.
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