Todavía me acuerdo de la primera vez que supe de ti. Eras una fotografía borrosa que caminaba con unas piernas flaquitas muy cortas, formadas por las palabras que acompañaban tu imagen a modo de descripción. Después, lo que ya sabes y que siempre comentamos entre risas; que en el teléfono parecías un experto en seducción y tenías un humor magnifico que me llegó a encantar con el paso de los días. Que me dijiste perra y que desde entonces cuando me enojo contigo te recuerdo que me comparaste con los perros que ladraban cerca del teléfono publico del que te llamaba en las noches con lo que me sobraba de cambio después de pasar por el ciber.
Parece que el tiempo no ha pasado. Si no fuera por los montones de fotos que hemos hecho juntos y la forma tan particular que tengo de mal educarte, no habría modo de ver la diferencia entre el antes y el después de estar juntos. Yo supongo que solo he cambiado para mal. Cuando te veo me doy cuenta que tengo miedo de crecer y de entenderte menos. La distancia matemática que separa nuestros años de nacimiento siempre se deja ver en mi escasa manera de ser, pues sigo respondiendo a las adversidades soñando. Mientras tu haz cambiado los días eternos y holgados por domingos de trabajo y horas muertas dentro de los transportes (aunque parte de eso, es culpa tuya; eres especialista en escoger las rutas mas largas).
Comparo; y no por aplicar en ti el ejercicio que más asco me genera realizar, las venas que salen de los otros árboles familiares y el nuestro. Hay veces en las que soy feliz de saber que nuestro árbol crece sin cercas que delimiten su espacio, y con orgullo veo como nosotros no somos como los de más, que están rodeados por jardineras o trampas. Pero hay días en los que despierto y haz mandado sacar tierra por alguno de los lados para que se deje de crecer. Supongo que a veces tu piensas lo mismo.
Aún no se en donde está mi botón de la atención. Seguramente no solo te desespera lo usual, también mi falta de decisión y mi inamovilidad. Ya sé que te fatigan mis desvelos improductivos y mi conocimiento basto sobre el gueto de este país del que los dos sacamos conclusiones. Lo bueno es que al amanecer vuelvo a ser el mismo que conociste. Supongo que cuando estoy dormido vuelve a tu memoria lo poco de bueno que he tenido. Ahora mismo, me acuerdo de los tenis rojos y de las veces que te cargaba frente a todo el mundo sin importarme nada. Del Pez y de Alpes. De las puertas sin seguro y la plaza que está junto al hotel más caro que hemos pagado. De los días que tomábamos café hasta alterarnos los nervios en el restaurante aquel del árbol al medio que no existe más.
Siempre quiero, ya sabes tu, escribir sobre esto o sobre aquello. Terminar la pagina del negocio y volver de alguna manera a tener de aquello que hemos tenido cuando la tierra está de buenas y nos da frutos chidos, pero, sabes. Me he puesto a pensar que no es eso lo que estoy tratando de darte. Lo que quiero es volver a tener de esos días en que éramos tan lejanos que nos extrañábamos mucho. Y tan cercanos que nos dolíamos a la hora de decir hasta luego. No sé que sea.
Para esta parte de las letras, seguramente ya formaste una ola gigante que amenaza frente a ti con llevarse todo después de su impacto. Quiero que poco a poco vayas haciendo pequeño ese muro de agua que esperas ver y lo conviertas en un pacifico vaivén que le moje los pies a tus recuerdos, pues de la nube que eres no pienso hasta el día de hoy separarme nunca. Sin importarme la cantidad de veces en las que te he visto convertirte en tormenta, en oscuridad y truenos, a veces en sombra y otras más en una difusa pelusa de algodón que blanquea apenas el azul que abraza el océano de los pensamientos que tengo puestos en el cielo. He visto mi reflejo en el espejo y me sigue diciendo que le aburren las tardes despejadas.
He empezado a creer que conozco bien éste atlas de las nubes y sé a que dirección quieren acercarse.
¿Lo sabes tú?

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