De “nuevo” me va quedando cada vez menos.
Abro una lata de refresco de esas que se hunden porque su alma y materia prima son más densas. He cambiado mi medicación a media al día y me pregunto por qué me ha tocado siempre amar en círculos.
Ya sé que las cosas están rotas, pero insisto en volver a mirarlas desde abajo para engañarme un ratito y pensar en todo el pedazo intacto que aun les queda. Cuando me acerco a la fractura: la veo, la toco como un niño tocaría a un perro dormido para comprobar si está muerto; y finalmente retrocedo. Así me gusta mirar por ciclos hasta que la fractura avance y siga rompiendo. Después me quedo por años con los pedazos. Luego busco otra pieza frágil e insisto encima de su estructura hasta partirla.
Como una rueda de la fortuna para niños pequeños en la que te subes una vez y después de hacerlo la gracia no cambia, ni crece, ni se acelera. Así pasa con el esquema de las básicas horas y de las piezas rotas. Si permanezco inmóvil, las cuarteaduras no engrosarán sus venas, pero si intento caminar y hacerme preguntas (que casi siempre se convierten en rueditas para pasear sueños) las piezas comienzan sin más a partirse. Y ahí es donde yo y mi lata de refresco esperamos frescos que el aire se calme, que las neuronas se abracen, que los cromosomas se comprometan, que los sueños no se entrometan y si lo hacen comiencen a caminar despacio.
Ya me supieron que no se puede tener todo en la vida. Pero es que me voy cansando de que me sé especialista en antigüedades quebradas, en sueños de piernas cortadas y en planes mongólicos paridos a escondidas y criados en el sótano.
Ya me supieron que no podré mucho sin los papeles, y ya les sé de papeles inútiles que son como la alfombra de aladino. Yo bebo en frío en caliente y en hervores de las fracturas que (no casualmente) siempre son canales por donde vienen sabrosos ríos.
Yo, me detengo a ver (cuanto tardaría en arreglar con súper goma) lo destruido porque me crearon con la intención de servir y aliviar.
Los deseos del mozo a nadie le importan. Ha frotado muchas lamparas mientras limpia, pero de ninguna ha salido nada que no sean las manchas; ha cuidado varias fracturas tratando de encontrar similitud con las suyas.
Nadie me supo que las crisálidas no se cuartean.
Lo del insecto, desde siempre lo he tenido claro.

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