Alisé (אֲבִיגָיִל)

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Era una sala antigua y de espumosas pero rígidas tablillas blandas. Cerca había un mueble lleno de discos que parecían ser de una época demasiado distinta a las de su dueño, y pese a ser más de mi generación que de la suya, jamás me llamó la atención la música comercial que ahí tenían guardada. Desde entonces odio la canción de la francesa y el pececillo en la nalga.

Una vez salté la pared su casa. Me rompí el pantalón mientras montaba en la parte final de un muro que siempre creí firme porque así aparentaba desde afuera (por alguna razón se parecía a ella). Una vez encima del muro me di cuenta que era frágil y los años secretamente le fracturaban la cara; fueron apenas tres segundos lo que duré sobre él; primero los dividí y desperdicié en notar su fragilidad, después aproveché para pensar qué siempre que quisiera podría entrar a esa casa sin necesidad de tener la llave, pues solo yo conocía la escasa facultad del muro; imaginé que una vez viviera ahí con ella, mandaría a construir uno nuevo, mas grande, para que ninguna otra idiota igual a mi pudiera saltarlo.

Nada de eso se cumplió.

Después, conocí el olor fúnebre y químico de los pasillos de los hoteles baratos y me sorprendí al ver que los cubrían con sabanas casi limpias que terminaban sucias de pisadas. Me tocaron cuartos con la puerta descompuesta, con el buró quemado por cigarros y con el control remoto pegado a la cabecera de la cama. Me tocaron a la puerta muchas veces llevándome una basta orden de comida y otras veces solo cervezas. El alma ya nunca me la tocaron como Abigail lo hizo después de mayo.

Tuve y tengo amigas putas que me presentaron siempre que pudieron, toda cantidad de hombres, de niños y de viejos pendejos que creían engañarme. Conocí de una vez la vergüenza de sentirme expulsada de un baño público por entrar a vomitar mi dolor en el bote de basura, en lugar de en la taza; de tocar la piel rasurada que cubre el pubis de un prostituto mientras le preguntaba cuanto por dos horas y de últimas, la risa endurecida de la costra que secretamente me cubría los sentimientos ya reventando.

Otra vez llevo tres monedas de un peso en la bolsa, de nuevo son las ocho de la mañana del 20 de septiembre de 2008. Antes de entrar al trabajo decidiré llamarte. Está vez no colgaré en cuanto contestes.

Es inevitable transportarme al pasado mientras pienso en que decirte, parece ser que mi problema es ese. Digo que he levantado el ancla, pero en secreto sé que sólo le amarré un elástico que me hace creer que por fin está atrás, hasta que mi mentira deja de estirar y me vuelvo a encontrar -de golpe- con mi estupidez en la cara.

Tu número ya no existe.

Los recados de Beto, de Eugenio y de Jorge siguen siendo estériles y bellos. Ellos esperan que caiga en un pozo diferente que está lleno de lo que ella me hizo (¿o me hice?) sentir tres meses después de cumplir 18.

Tuve y tengo sabanas sucias, pero las de Abigail nunca las volví a ver.

A ningunas alisé de nuevo con la euforia de mi abandonada infancia.

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